El menú del día: ¿Tigre con esmoquin o utopía con retrovisor?

 "El problema con el mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas" 

Bertrand Russell. 

¿Nos volvimos incapaces de cambiar de opinión? Nos encerramos en las trincheras ideológicas de cara al domingo, defendiendo verdades absolutas como si fueran mandamientos. 


Si a un guionista de sátira política le hubieran pedido en 2020 diseñar el escenario más deliciosamente hiperbólico para la segunda vuelta presidencial de Colombia en este junio de 2026, habría sido despedido por falta de realismo. Y es que el tarjetón que enfrentamos este domingo no es una simple elección: es un choque de placas tectónicas estéticas, ideológicas y discursivas. En una esquina, con un esmoquin de seda impecable y un tigre adoptado como mascota de campaña, tenemos al abogado Abelardo de la Espriella, adalid de la ultraderecha y de una narrativa de "mano dura y estilo duro". En la otra esquina, con la gravedad histórica de quien parece redactar un manifiesto en cada parpadeo, se encuentran algunos seguidores del senador Iván Cepeda, encarnando la resistencia de la izquierda oficialista.

El menú electoral está servido, y los comensales —nosotros, los ciudadanos— parecemos obligados a elegir entre dos digestiones pesadas. Sin embargo, lo verdaderamente fascinante de este momento no es el desenlace del domingo, sino la asombrosa rigidez con la que pretendemos habitar nuestras opiniones políticas, como si estas fueran escrituras notariales inmodificables grabadas en piedra. Nos fascina la certeza. Nos horroriza la duda. Nos tragamos enteros los sistemas de pensamiento cerrados porque nos ahorran la fatiga mental de tener que pensar el lunes algo distinto a lo que defendimos el domingo.


En su lúcido e incómodo ensayo "El tiempo que nos queda", el historiador francés Patrick Boucheron nos advertía sobre una trampa conceptual en la que la opinión pública global cae una y otra vez: seguir buscando el fascismo en los libros de texto de bachillerato. Esperamos camisas negras marchando por la Séptima, censura física de libros en las plazas y golpes de Estado de opereta. Pero Boucheron, con la paciencia de quien conoce las dinámicas del miedo político, nos aclara que el autoritarismo contemporáneo es una "enfermedad política diferente". No es un virus que regresa idéntico; es una mutación adaptada a la modernidad.


Cuando uno observa la campaña de De la Espriella, es imposible no ver reflejadas varias de las características que Boucheron disecciona con bisturí:

  • La catástrofe habituada: El discurso de la derecha radical ya no necesita romper la democracia desde afuera; se mimetiza en ella de forma legal, gradual y asimilable. Nos acostumbramos tanto a la retórica del colapso inminente que el autoritarismo deja de escandalizarnos; pasa a ser el paisaje cotidiano.
  • El odio al proyecto de la Ilustración: Boucheron señala un profundo resentimiento de las nuevas derechas hacia el ideal emancipador del saber, la academia y la cultura institucional. Hoy, la verdad se mide en visualizaciones y el conocimiento técnico se despacha como "arrogancia de las élites". La política se convierte en pura emoción cruda filtrada por algoritmos de TikTok.


Esta dinámica no es exclusiva de nuestras fronteras. Lo vimos en el Brasil de Bolsonaro, donde la mofa al consenso científico era motivo de orgullo, y lo vemos en la Europa profunda, donde líderes que jamás vestirían un uniforme militar ganan elecciones prometiendo "salvar la patria" desde atriles hipermodernos. Lo absurdo del asunto es la fe ciega del votante que asume esta estética como una verdad revelada y eterna, olvidando que la política de espectáculo es, ante todo, una puesta en escena cambiante.


Tambien en muchos sectores de la izquierda, no se quedan atrás en su propio laberinto dogmático. Si en la acera de enfrente la opinión se asume como una verdad dictada por el carisma y la fuerza, en este lado se reviste de una infalibilidad moral casi religiosa. Quien se atreva a cuestionar el rumbo de la "Paz Total" o las reformas del gobierno saliente no es un contradictor; es un apóstata, un enemigo del progreso histórico. La gran diferencia es que no es la opinión de Cepeda, quien por el contrario repite con credibilidad e insistencia la necesidad de un acuerdo nacional.


Caemos así en lo que el filósofo Bertrand Russell llamaba el dogmatismo de la certidumbre: "El problema con el mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas". En la Colombia de hoy, dudar es un acto de traición. Pretendemos que nuestras opiniones políticas sean monolitos inmodificables. Si votaste por X en primera vuelta, debes defender hasta sus errores ortográficos en la segunda; si apoyas a Y, debes justificar sus alianzas más impresentables bajo el sagrado manto del pragmatismo.

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión? Es una cuestión de economía cognitiva y de ego. Modificar una postura política frente a la evidencia del fracaso se percibe como una derrota personal, cuando en realidad debería ser el ejercicio natural de una mente despierta. Karl Popper argumentaba que la ciencia progresa precisamente porque se equivoca y se corrige; la política, en cambio, pretende progresar simulando que jamás se equivoca.


Esta obsesión por las trincheras ideológicas inamovibles nos convierte en personajes de una comedia de lo absurdo. En los años noventa, tras la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama declaró apresuradamente "el fin de la historia", sugiriendo que la democracia liberal había ganado para siempre. Qué ironía. Treinta años después, la historia no solo no terminó, sino que regresó con un apetito voraz y con ganas de reírse en nuestra cara.


Miremos a la Argentina reciente o a la Italia de Giorgia Meloni: sociedades que saltaron de un extremo al otro buscando la salvación económica en mesías con fórmulas mágicas. El patrón se repite:

  1. El electorado se cansa de la ineficiencia de un dogma.
  2. En lugar de matizar o buscar un centro reflexivo, abraza con frenesí el dogma opuesto.
  3. Se jura lealtad eterna a la nueva bandera... hasta el próximo colapso.

Pretender que De la Espriella o Cepeda tienen la clave única e inmutable para resolver los problemas estructurales de un país con una geografía y una historia tan complejas como las de Colombia es, por decir lo menos, un acto de fe desmesurado. Una fe que raya en lo ridículo cuando vemos a ciudadanos rompiendo amistades de años en redes sociales por defender a dos políticos que probablemente jamás conocerán en persona.

Un elogio a la duda

El historiador de las ideas Isaiah Berlín solía advertir sobre los peligros de los "monistas", aquellos pensadores y políticos que creen que todas las preguntas verdaderas tienen una sola respuesta grande y que todas las respuestas son compatibles entre sí. La realidad es mucho más desprolija, fragmentada y contradictoria.

Este domingo, millones de colombianos acudirán a las urnas convencidos de que están salvando al país del comunismo o del neofascismo. Quizás el ejercicio más saludable que podemos hacer en "el tiempo que nos queda" antes de marcar el tarjetón no sea llenarnos de más razones, sino vaciarnos de unas cuantas certezas.

Al fin y al cabo, el verdadero peligro que Boucheron nos señala no es solo el líder autoritario que grita desde el balcón o sonríe en la pantalla; es el ciudadano que ha decidido dejar de dudar.


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