*El club de los
salvadores idénticos:
Por qué el
Apocalipsis criollo siempre tiene el mismo libreto*
Imagine usted, resignado lector,
que entra a un sastre buscando un traje exclusivo. En el perchero de la derecha
cuelga un modelo de lino estridente, solapas de corte imperial, pañuelo de seda
italiana en el bolsillo y un sutil aroma a ron añejo con ínfulas de opulencia.
En el perchero de la izquierda, reposa un diseño de paño austero, corte severo
y lúgubre, sin más adorno que un botón de madera recuperada que huele a
sahumerio de plaza pública. Dos estéticas irreconciliables, ¿verdad? Pero
cuando usted acerca el oído a las costuras, descubre con pasmo que ambos trajes
repiten, en un susurro monótono y con la misma voz de ultratumba: "Pórtame
a mí o morirás de frío; el otro sastre te quiere ver desnudo y en el caos".
Así se nos presenta el tarjetón
para la segunda vuelta presidencial. En una esquina, Abelardo de la Espriella,
enfundado en su armadura de "Defensor de la Patria", agitando el
fantasma del abismo colectivista; en la otra, Iván Cepeda, con el estandarte de
la "Alianza por la Vida", advirtiendo sobre el inexorable retorno al
autoritarismo regresivo. Lo fascinante de esta comedia de equívocos no es la
distancia sideral entre sus estéticas, sino la perfecta simetría de sus
argumentos. Ambos apelan al mismísimo libreto: son los guardianes únicos de la
institucionalidad, los ungidos para salvar la Constitución y los únicos capaces
de evitar que el país ruede por el desfiladero. Si uno no supiera quién es
quién, pensaría que comparten el mismo redactor de discursos, cobrando por
partida doble.
*Y asi, tomáremos dos caminos
distintos para llegar al mismo pedestal*.
Para entender este choque, vale
la pena levantar por un segundo el telón del teatro electoral y observar, con
desapasionada finura, de dónde vienen los actores. Sus recorridos vitales son
biografías escritas en idiomas distintos. De la Espriella se forjó en las
arenas movedizas del litigio de alto impacto; un abogado rutilante,
acostumbrado a los reflectores y al manejo de crisis donde la línea entre la
defensa técnica y el cuestionamiento ético de sus clientes de dudosa conducta a
menudo se tornó borrosa. Su escuela es la del resultado, la del estrado como
ring de boxeo y la del éxito que se mide en titulares y trajes a la medida.
Cepeda, en las antípodas,
proviene del claustro de la filosofía y de la paciencia monacal del trabajo
parlamentario. Su trayectoria se ha cocinado a fuego lento en los pasillos del
Congreso y en la persistente, y para muchos incómoda, defensa de las víctimas
del conflicto. Su escuela no es la del aplauso rutilante, sino la de la
resistencia ideológica y el peso simbólico de las causas históricas.
Lo paradójico —y aquí reside la
verdadera ironía de nuestra condición humana— es cómo estos dos mapas genéticos
tan distantes terminan conduciendo al mismo complejo de salvadores. El
litigante de causas imposibles y el filósofo de las minorías damnificadas han
terminado por convencerse de que sus respectivas herramientas son las únicas
pinzas capaces de desactivar la bomba de tiempo nacional.
Esta curiosa paradoja me recuerda
una ácida reflexión del ensayista francés Michel de Montaigne en sus Ensayos:
"*No hay un parecer tan
frívolo y extravagante que no me parezca producto natural de la mente humana*".
Montaigne, que observaba cómo
católicos y hugonotes se degollaban mutuamente en las guerras de religión
francesas jurando defender exactamente al mismo Dios, entendió muy bien que los
sistemas de pensamiento humano tienden a convertirse en fortalezas inexpugnables,
donde la primera víctima es la duda. En el ecosistema político criollo, hemos
elevado la opinión al rango de dogma religioso. Olvidamos, con una ligereza
pasmosa, que una opinión no es más que una verdad de contrabando, un juicio
provisional que debería cambiar con la misma frecuencia con la que cambian los
hechos. Sin embargo, aquí pretendemos que nuestras simpatías políticas sean tan
inmodificables como las leyes de la termodinámica.
Creer que este fenómeno es una
patología exclusiva de nuestro realismo mágico es un acto de provincianismo
ingenuo. El mundo está lleno de gemelos ideológicos que se odian a muerte
mientras dicen exactamente lo mismo. Pensemos por un momento en las elecciones
presidenciales de Francia en 2022. La retórica de Marine Le Pen y la de
Emmanuel Macron —salvando las proporciones de las distancias institucionales
europeas— terminaron atrapadas en el mismo bucle: "O soy yo, o es el
colapso de la República". Al final, el votante medio no elige un
programa de gobierno; elige qué versión del Apocalipsis le da menos insomnio.
Otro ejemplo documentado y
fascinante ocurre en la polarización estadounidense. En su libro The
Righteous Mind (La mente justa), el psicólogo social Jonathan Haidt explica
cómo los sistemas de pensamiento de liberales y conservadores funcionan sobre
las mismas matrices morales, pero con diferentes acentos. Ambos bandos operan
bajo el sesgo de confirmación: una vez que el cerebro abraza una causa, la
razón se convierte en un abogado de oficio dedicado exclusivamente a *justificar
los prejuicios de su cliente, nunca a buscar la verdad* Por eso, tanto el
seguidor que madruga a aplaudir las transmisiones en vivo del abogado penalista
como el militante que repite como un mantra los comunicados del congresista
filósofo, padecen de la misma ceguera selectiva. Ambos están convencidos de que
habitan “el lado correcto de la historia”, esa entelequia que se inventaron los
hombres para justificar sus terquedades.
No es más que el sesgo del
espejo y la paradoja del libreto único
Para ilustrar cómo los extremos
terminan tocándose en sus métodos y discursos, no hace falta ser un analista de
laboratorio; basta con escuchar la música de fondo de sus tarimas. Si bien el
origen de sus argumentos difiere —pues uno apela a la eficacia del litigio, al
pragmatismo del éxito individual y a la mano dura institucional, mientras el
otro se ampara en la supuesta superioridad moral de la academia, el rigor del
proceso legislativo y la urgencia de la reparación histórica—, el destino final
de sus promesas es idéntico.
Ambos se presentan ante el
electorado con una promesa central de salvación absoluta: para la ultraderecha,
la patria se rescata del caos institucional y la destrucción económica; para la
izquierda, la sociedad se redime mediante una revolución ética que frene en
seco al autoritarismo regresivo. Al final, el mecanismo de control psicológico
es el mismo. Cuando ambos bandos claman "defender la Constitución",
el primero lo hace imaginando el restablecimiento de un orden rígido y una
autoridad sin fisuras, mientras el segundo lo proyecta a través de la
movilización permanente y la concertación popular. El efecto neto en el
ciudadano de a pie no varía un ápice: una parálisis colectiva inducida por el
miedo. A unos se les asusta con el fantasma del despojo y la anarquía; a los
otros, con el espectro del retorno de la violencia y la exclusión. Es el
monopolio del pánico administrado en dosis iguales.
Nada tan absurdo como la fe
política
¿Por qué nos resulta tan difícil
admitir que nuestras opiniones políticas son modificables? El filósofo Bertrand
Russell sugería una receta maravillosa para evitar el dogmatismo:
"*Si una opinión que se
opone a la tuya te hace enfadar, eso es señal de que eres conscientemente débil,
de que no tienes razones suficientes para albergar tu opinión*".
En Colombia, cambiar de opinión
política no se ve como un síntoma de madurez intelectual o de evolución mental;
se castiga como una traición eclesiástica. Se le llama "voltearse",
"venderse" o, en el mejor de los casos, ser un tibio sin carácter.
Hemos creado un sistema de pensamiento donde la duda es un pecado y la
terquedad una virtud. Nos da pánico admitir que el candidato de nuestras
entrañas podría equivocarse, o peor aún, que el candidato de nuestros odios
podría tener un destello de sensatez en un tema específico.
Es ridículamente absurdo
pretender que el destino de una nación de cincuenta millones de almas dependa
de la infalibilidad de un solo hombre, sea este un estratega de los tribunales
o un ideólogo de las comisiones parlamentarias. Si la historia nos ha enseñado
algo —desde la República de Weimar hasta los vaivenes de la América Latina
contemporánea— es que las instituciones no se salvan destruyendo los puentes
con el que piensa distinto, sino asumiendo que nadie tiene el monopolio de la
salvación pública.
Al final del día, cuando se
cierren las urnas, las luces de las sedes de campaña se apagarán y los
discursos grandilocuentes darán paso a la terca realidad de los números y las
leyes. Quienquiera que gane tendrá que sentarse a negociar, a ceder y a descubrir
que el Estado es un transatlántico elefantiásico difícil de mover, no una
arcilla maleable para refundar patrias.
Quizás el verdadero acto de
rebeldía democrática en esta segunda vuelta no sea votar con la fe ciega del
carbonero, sino con el beneficio de la duda. ¿ cuál podría sentarse más fácil
con sus contrarios, negociar y ceder?, y claro por supuesto, desconfiar
generosamente de los que nos prometen el paraíso y nos amenazan con el infierno
es el primer paso para dejar de ser hinchas y empezar a ser ciudadanos.
Después de todo, como decía con
fina ironía el escritor polaco Stanislaw Jerzy Lec: "¿Y si Dios
estuviera descontento de los creyentes que lo eligieron?". Evitémonos
la pena de descubrir que nuestros mesías, de lado y lado, usan exactamente la
misma marca de agua bendita.
JBGV
Junio 4 de 2026
Comentarios